
Como siempre nos presenta este capítulo de nuestra Historia desde el punto de vista de la desesperanza y la desesperación, de la traición, de la desvergüenza de políticos y generales. Y como siempre lo generaliza a todo nuestro pasado. Lo que le queda al lector es que España es el fruto de 2000 años de puñaladas, 2000 años de golfería, 2000 años de corrupción. 2000 años en los que las gestas y las heroicidades son consecuencia del genio individual del español, y nunca fruto del genio colectivo o consecuencia del esfuerzo por alcanzar un ideal superior. España es Lazarillo y Don Quijote, y el autor casi siempre se queda en el lado del primero.
Como siempre, en su condición de paradoja y contradicción hecha hombre, Pérez Revete nos aconseja la obra, según él, del “mejor pintor de batalla vivo, el catalán Ferrer-Dalmau”. Pero Ferrer-Dlamau no sólo es el mejor pintor de batallas vivo, sino un pintor cargado de valores y principios que transcienden del alma al lienzo. Principios y valores absolutamente opuestos a los de Pérez Reverte.
Ferrer-Dalmau nos cuenta la Historia de España a través de la pintura, pero la Historia del Heroísmo, del Valor, del Sacrificio, de España como Ideal. La Historia del Honor y la Disiciplina, la Historia de la Entrega Total. Sus lienzos transpiran Patriotismo absoluto. Porque sí, señor Reverte, en España no sólo ha habido patrioterismo idiota. La Reconquista, el Descubrimiento, el Imperio Solar, la Guerra de la Independencia, las guerras carlistas o la Guerra de Liberación no se forjan con patrioterismo idiota. Se forjaron al hilo de un ideal superior, al hilo de una mística sin precedentes y nunca repertidas en otro lugar del orbe. Ferrer-Dalmau nos enseña gestas españolas al hilo de un sentimiento infinitamente mayor, sentimiento de epopeya, sentimiento de protagonista de la Historia y de ser dueño del propio destino.

Este artículo está ilustrado con cuadros de la obra del mejor pintor de batallas vivo. Juzguen ustedes.